(Traducción e Interpretación de Baudrillard)
Cuando nada esta en su lugar, hay desorden.
Cuando en su lugar no hay nada, hay orden.
Brecht
Los administradores de la universidad sufren pánico con la idea de que puede ser que haya diplomas otorgados sin un equivalente de trabajo real, sin un equivalente en conocimiento. Este pánico no es un pánico subvencionado por un motivo de naturaleza política, sino el pánico de ver el valor disociado de su contenido y funcionando aparte, solo, según su mero formato.
Los valores de la Universidad (diplomas etc.) proliferaran y continuaran su proliferación, un poco como capital flotante o crédito internacional, rondaran y se moverán sin criterio referente, completamente desprovistos de valor en ultima instancia; pero esto no es importante. Solamente su circulación, es suficiente para crear un horizonte de valor social, y la presencia etérea de su valor será mayor, aumentara, incluso cuando su punto de referencia (Su valor de uso, su valor de intercambio, un valor basado en el esfuerzo del trabajo académico que la propia universidad recupera) se pierda por completo. Es principalmente el terror de que exista valor sin referente.
Esta situación solo aparenta ser nueva. De hecho es significativamente nueva para los individuos que todavía piensan que un proceso de trabajo real toma lugar en la universidad, y que invierten su experiencia vital, sus neuronas y su ''razón de ser'' en ella.
El intercambio de símbolos (de conocimiento, de cultura) entre ''educadores'' y ''educados'' en la universidad ha sido durante un tiempo nada mas que un doble compinche de amargura e indiferencia (la indiferencia de los propios símbolos, la propia docencia, es lo que trae de por si el desafecto de lo social y de las relaciones humanas). Solo consiste en un doble simulacro de un drama psicológico (un drama basado en una demanda de ambas partes que hierve con vergüenza en cuanto a su obligatoria presencia--un incesto pedagogico que anhela sustituir a la perdida de intercambio de trabajo y conocimiento).
En este sentido, la universidad como institución se consagra como el lugar preciso de dicha desesperada iniciación a la forma vacía del valor. Quienes hayan vivido en esta fase durante los últimos años se sienten familiarizados con este extraño tipo de trabajo, la verdadera desesperación del no-trabajo, del no-conozco.
Las generaciones contemporáneas todavía sueñan con lecturas, con aprendizaje, con competencia; pero su corazón no esta en ello. Esta es la razón por la que: como un todo, la mentalidad cultural asceta (practica, disciplina, sumisión y abstinencia, dureza de carácter) ha extrapolado su concepción del cuerpo a lo material, a las posesiones, al capital.
Es también por esta razón por la que la huelga ya no significa nada, es mas, las huelgas contemporáneas toman con total naturalidad las mismas características y cualidades que toma el trabajo. La misma suspensión, el mismo peso, la misma ausencia de objetivos, la misma alergia a cualquier toma de decisión, el mismo aire de poder, el mismo pésame de energía, la misma indefinida y circular situación en la huelga de ahora con el trabajo de ayer. La misma situación en el camino en contra de la institución que dentro de ella.
El contagio crece y el circulo se cierra. Dicha perdida de significado hace necesario que se intente emerger en otra parte, de otro modo. O mas bien del modo opuesto: se toma la pasividad en si (imposibilidad del progreso en dicho clima) como la situación inicial, girando la indecisión y la ausencia de objetivos hacia una situación ofensiva, una estrategia. De este modo, en su intento, a cualquier precio, de abandonar y de sacudirse de esta mortal situación, de dicha anorexia mental de la universidad, los estudiantes no hacen mas que volver a ventilar (respirar), volver a introducir energía en una institución que lleva en coma desde hace mucho. La universidad sobrevive, pero consiste en una supervivencia forzada, es la medicina de la desesperación la que se aplica a la institución como un todo y al individuo por igual. Eventualmente lo que se observa por doquier es precisamente esta situación como símbolo de la incapacidad de encararse a la muerte de un sistema y progresar.
Esa misma mentalidad cultural asceta pero materialista, es también culpable de vivir atrapados. Fuimos atrapados, tras 1968, al otorgar diplomas a todos. Esto no es para nada cuestión de reducir por subversión el valor del diploma en si, justo al contrario. Una vez mas, fuimos los promotores de la ''forma'' avanzada, del valor en su puro formato disociado de lo real: diplomas sin un equivalente en trabajo, a priori (sobre todo si se tiene en cuenta que su valor reside precisamente en que consiste en un requisito formal para el trabajo, para lo real). El ''Sistema'' no quiere mas diplomas, pero si se nutre de esto --valores operacionales en el limbo-- y fuimos nosotros quienes lo inauguramos con la ilusión de estar haciendo lo contrario.
La ansiedad y el lamento de los estudiantes por ser obsequiados con diplomas vacíos de trabajo, se complementa e iguala con el de los profesores. Es un dolor secreto mas insidioso y pernicioso que el estrés tradicional al fracaso o el de recibir diplomas inútiles. Un diploma, basado en un seguro con politica el no-riesgo (lo que vacía la vicisitud--[cambios en circunstancias o alternancia entre contrastes]--del conocimiento y la selección del contenido), basado en un simulacro desprovisto de los riesgos del trabajo real, es difícil aguantar.
Ademas, el diploma tiene que ser complicado por una situación de beneficio-coartada (el simulacro de trabajo intercambiado por el símil de un diploma) o puede complicarse por una forma de agresión (una demanda al profesorado a impartir, o ser tratado como distribuidor automático de la fría docencia) o simplemente por rencor, de forma que todavía se lleve a cabo algo que recuerde a la relación educativa ''real'' que tuvo el profesorado. Pero nada funciona. Incluso las querellas triviales y domesticas entre profesores/alumnos, las cuales hoy en día conllevan gran parte de sus intercambios, no son nada mas que reminiscencias de, y un tipo de nostalgia por, una violencia o complicidad que entonces les constituía enemigos o los unía alrededor y bajo unos riesgos reales; ya fuesen asuntos de conocimiento o asuntos políticos.
Los riesgos reales… la ''dura ley del valor'', la ''ley grabada en piedra'' - cuando nos abandonan, que tristeza… que agobio… que pánico! … Esta podría ser una razón por la que todavía quedan días buenos para los métodos autoritarios y fascistas en la universidad, porque se da una situación donde se permite que sean efectivos. Porque reviven artificialmente algo de la violencia necesaria de la vida - ya sea sufrida o infligida. Una violencia natural vital, que tenemos miedo de vivir y desgraciadamente aceptamos el simulacro de una violencia vil, simulada y artificial.
La verdadera violencia del ritual, la violencia del trabajo, la violencia del conocimiento, la violencia de la sangre, la violencia del poder y de lo político son buenas, solo si son las reales. Esto se debe en cuanto a que son claras, luminosas, se dan relaciones de fuerza, hay contradicción, explotación, represión! El verdadero proceso vital, falta hoy, y la necesidad de re-vivirlo se hace notar. Se huye del riesgo real del esfuerzo por un símil de esfuerzo. Es todo un juego, tanto en la universidad como en la manera en la que esta estructurada la esfera política completa.
Pero… Nadie es engañado. Simplemente, con objetivo escapar a una desilusión profunda, para escapar de la catástrofe traída por la perdida de roles, estatutos, responsabilidades y la increíble demagogia a la que conlleva, es necesario volver a crear la figura del profesor. Esto se consigue o, identificandolo como un maniquí de poder y conocimiento, o bien, arropando su figura con una pizca de legitimidad, derivado de la Izquierda. Si este simulacro de respeto, no se consiguiese, acabaria siendo una situación intolerable para todos - profesorado/alumnado.
Este intercambio de ''valor'', se sostiene sobre dicho compromiso - (figuración, o toma de carácter, artificial del maestro /// complicidad equiparable del estudiante) - se basa sobre el escenario fantástico de la pedagogía que afirma que las cosas continúan y que esta vez perduraran de forma indefinida. Mas es precisamente por ello…
Precisamente por el hecho de que existen un final y una finalidad en el valor y en el trabajo, no hay ninguna finalidad y por supuesto ningún final ni en el simulacro de valor ni en el simulacro de trabajo.
El mundo de la simulación es trans-real, se encuentra fuera de lo real, por encima de lo real y dentro de lo real: es decir, no hay ninguna prueba que demuestre que cierta decisión/acción fue simulada. El simulacro nunca intenta esconder la verdad - es la verdad la que esconde que hay simulacro, el simulacro es verdadero; y por eso no se identifica como simulación, sino como real.
(//referenced excerpt// translation-interpretation on Baudrillard's "Simulacra and Simulation" chapter "Value's Last Tango". Feel free to comment ;-))